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Evite las trampas que pueden destruir las empresas familiares

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Hace casi 75 años, un carismático empresario brasileño llamado Enrique Rosset creó una empresa homónima de fabricación de textiles y prendas de vestir en São Paulo. Unos 40 años después, él y su hijo mayor decidieron diversificarse mediante la adquisición Valisere, un negocio de lencería exclusivo pero en quiebra. A lo largo de las décadas, Enrique y sus cuatro hijos transformaron su empresa en uno de los principales fabricantes de textiles y prendas de vestir de Sudamérica. Durante la década de 1990, Grupo Rosset se expandió a los trajes de baño, con gran éxito. Pero la familia sabía que la empresa se enfrentaba a desafíos estratégicos críticos. El auge de los centros comerciales estaba debilitando a los pequeños minoristas brasileños que habían formado el principal canal de distribución de Rosset. Las importaciones chinas empezaban a suponer una competencia seria. La llegada de la impresión digital en tela socavaría la principal fortaleza de fabricación de Rosset, a menos que la empresa adoptara la propia tecnología. Los hijos de Enrique, que habían dirigido la firma durante 20 años, tuvieron que tomar una decisión crucial sobre cuál de los cinco miembros de la tercera generación debía asumir el papel de liderazgo.

A version of this article appeared in the January–February 2012 issue of Harvard Business Review.

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