Resumen.
A pocos de nosotros nos gusta pedir ayuda. Como demuestran las investigaciones en neurociencia y psicología, las amenazas sociales que conlleva -la incertidumbre, el riesgo de rechazo, la posibilidad de ver disminuido nuestro estatus y la inherente renuncia a la autonomía- activan las mismas regiones cerebrales que el dolor físico. Y en el lugar de trabajo, donde normalmente estamos deseosos de demostrar tanta experiencia, competencia y confianza como sea posible, puede resultar especialmente incómodo hacer este tipo de peticiones.