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Alain Delorme   

Resumen.   

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En 2016, Swisscom, con sede en Berna, parecía atrapada en una industria madura. El sector mundial de las telecomunicaciones se estaba estancando, con unos ingresos que apenas subían un 1% al año y unos beneficios y precios asediados. A pesar de la larga trayectoria de innovación de Swisscom -fue pionera en el servicio telefónico internacional de marcación directa en la década de 1960 y en los servicios móviles 2G en la década de 1990, y contribuyó decisivamente a que Suiza alcanzara la tasa de instalación de banda ancha más alta del mundo-, el éxtasis se había instalado en esta empresa de 12.000 millones de dólares. El CEO Urs Schaeppi y sus altos dirigentes sabían que la empresa necesitaba perfeccionar su estrategia de crecimiento a largo plazo para un mundo transformado por la tecnología digital, pero estaban divididos por el desacuerdo sobre el mejor camino a seguir. Algunos ejecutivos se sentían cómodos con un crecimiento lento y mayores beneficios a través de la eficiencia; otros creían que la empresa necesitaba adentrarse audazmente en nuevos mercados. "Existe una percepción limitada de una agenda compartida o común", señaló un líder. La cultura y el estilo de toma de decisiones de Swisscom complicaron aún más las opciones estratégicas. "Es una auténtica democracia suiza", dijo un ejecutivo, refiriéndose a la habitual deferencia suiza hacia una opinión mayoritaria. "No afrontamos bien los conflictos", dijo otro.

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A version of this article appeared in the Noviembre-Diciembre 2018 issue of Harvard Business Review.

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